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AUTOR EDGAR MORA CUELLAR - ACEVEDUNO... !
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ANTES DEL CINE (A Luis Mosquera Gutiérrez)

16.10.06

PANORAMICA ANTIGUA DE ACEVEDO HUILA

Panorámica de "La Ceja", en fecha incierta.
FOTOGRAFIA PRESTADA POR JESUS VALDERRAMA

REPRODUCIDA EN 1983 POR Edgar Mora Cuéllar


UNA LEYENDA:DOÑA MARIA JOVEL DE LOSADA Y VALDERRAMA Y LOS ANDOKES Entre los recuerdos de nuestra niñez se halla la conseja, oída a Timoteo N., jornalero de raza indígena, oriundo de la fracción de Llanitos en Acevedo, sobre el origen andakí de los indios blancos del Caquetá o andokes, familia lingüística ANDOKE. Su color blanco lo explicaba por ser nietos de doña Elena de Valderrama.
Según el censo levantado por el Cileac sobre los grupos indígenas de la Amazonia Colombiana en 1940, obra de los RR. PP. Francisco de IGUALADA y Marcelino de CASTELLVI, el siguiente es el número de andokes:
En la Comisaría del Amazonas 131
En la Intendencia del Caquetá 73
TOTAL 204
Su localización geográfica, según los mismos misioneros, se halla enmarcada así: en el Amazonas: entre la quebrada Aduche (Araracuara), bocas del Yarí; la Pedrera y de la quebrada de Quinche al Alto Pama; y en el Caquetá: Bocas del Orteguaza, Curiplaya, cabeceras del río Kuemañí y la quebrada Luisa.
(V. Revista Amazonia Colombiana Americanista, tomo I, Números 2-3, Págs. 92 y siguientes).
Quisimos relatar la leyenda, reconstruyendo el relato de Timoteo, pero recordamos que sobre la misma apareció un artículo del doctor RAFAEL PUYO, primer gobernador del Huila, publicado en el periódico "El Huila" en su edición de fecha 11 de septiembre de 1908. Por tratarse de un escritor casi desconocido y firmado por un notable gobernante que tuvo mucho que ver con los indígenas a raíz del despojo que de sus resguardos quisieron hacerles los blancos, transcribimos la leyenda tal como aparece en nuestra colección de periódicos huilenses.
Bajo el título de "Los indios blancos del Caquetá" y subtítulo de "Los Andoques y doña María Jovel", dice el doctor PUYO: "Hace mucho tiempo encontré en una choza de la Concepción (antiguamente San Francisco Javier de la Ceja), pueblo situado al sur del Huila, y al pie de la ceja de la montaña, en la vía que conduce al Caquetá, un indio vejete, como de ochenta años, muy ladino y que conservaba frescas en la memoria las historias que de sus antepasados le había referido su abuelo.
"Hízome sentar en un banco y poseído de verdadera ingenuidad me dijo: No sabe Ud. la historia de doña María Jovel de Losada, hija única de doña Helena de Valderrama, tan principal y rica señora como caritativa, la que fue dueña de todos estos territorios y murió aquí en las vejeces de mis tatarabuelos, cuando mandaban los señores del Reino?
"Le contesté que tenía idea de haber visto algo referente a doña Helena y su hija en los archivos de Garzón, pero que desearía oírla de su boca.
"Entonces el viejo indio como reanimándose al impulso de un recuerdo vivísimo, sentándome la mano sobre el hombro, empezó:
"Ponga cuidado; lo que voy a contarle es bonito y la pura verdad:
"Por allá como en el año de 1808, mi abuelo, anciano ya, no queriendo morir sin haber visto por última vez las vegas del Caquetá, me llevó al filo aquel que estamos viendo, que es el más alto de la montaña, y allí se estuvo un gran rato, callado, mirando y mirando para allá, para las vegas donde había nacido.
................................
"Aquellos bosques más tupidos de ramaje claroso, me dijo mi abuelo, son inmensas arboledas de cacao, que nadie sembró y que se mantienen cuajados de hermosas mazorcas verdes, rojas y amarillas, de tan perfumado grano que al subir entre la olleta suelta un olor a romero que hace saborear. Desde aquí diviso la copa del saliente y corpulento Palovaca, que da leche más sabrosa que las mejores postreras. Aquello que desde aquí parece una culebra blanca es el río Orteguaza; todavía recuerdo los tiempos de mi niñez cuando mi padre pescando y yo acostado junto a mi madre, apenas sentíamos deslizarse la canoa sobre las aguas tranquilas.
"Luego, empinándose, con la mano extendida en alto hacia adelante, mi abuelo añadió con actitud emocionada: por aquel lado queda la tribu de los Coreguajes, a la que tú y yo pertenecemos; hacia aquel otro, la de los Huitotos, tan jaques en la pesca y en la caza y que comen sin asar los monos y zainos; más allá los Carijonas, los más industriosos para trabajar y ganarse la vida; por allá los Menías, los que devoran a los blancos y a los otros indios; y más atrás de todos los valientes, aguerridos y terribles Andoques, que han jurado no permitir nunca jamás la entrada de los blancos civilizados en sus sierras, y que han dado muestras de cumplir lo que dicen con haber despescuezado varios grupos de intrépidos exploradores que se han atrevido a metérseles acometiéndolos con arrojo y resolución o sorprendiéndolos con maña.
"Estos indios son superiores a los otros por su carácter guerrero, por ser los más inteligentes y hábiles, y porque a diferencia de sus paisanos, abundan entre ellos indios blancos y bien parecidos, encontrándose en su tribu tipos donairosos como entre la mejor gente de por aquí afuera.
"Y con esta particularidad de los Andoques, encaba la historia de doña María Jovel, que quería contarle y voy a hacerlo, tal como se la oí a mi abuelo.
"En las mocedades de éste, llegó a San Francisco Javier de La Ceja, hoy municipio de la Concepción, una dama de muy alta calidad y de grandes riquezas, llamada doña Elena de Valderrama, viuda del capitán don Juan Jovel de Losada, descendientes ambos de hidalga cepa española y tan distinguidos y favorecidos por su sacarriel(1) Majestad, que les dieron en gracia y merecieron muy grandes y muy buenas posesiones, entre las cuales se contaba esta de la Concepción y la de La Villa de San Antonio del Hato.
"Y según entiendo, esta doña Elena, era tía de Jorge de Valderrama, dueño que fue de la Villa de Timaná, que entonces comprendía hasta el caserío de San Agustín, cuyo terreno donó a los indios de dicho lugar, que, a lo que yo entiendo, más fuera que los devolviera, que no se los donara, porque ni los Fijaos ni nosotros nos hemos quitado ni apartado de nuestros antiguos vivideros, ni en venta ni empeño, ni a las buenas ni a las malas y por defenderlos fue que se sacrificó la vieja Gaitana, aquella que le paró los machos a los españoles.
"Dióse la castellana a catequizar indios del Caquetá, que lo fueron muchos, y muchas las amistades que con cariño se grangeó.
"Doña Elena se pasaba la vida muy feliz atrayendo a los indios más lejanos, llenándolos de generosas dádivas y acariciando y contemplando a su hija doña María, más bella y hermosa que el lucero de la mañana, cuando se presentaron hasta veinte indios de la tribu de los Andoques, animados por las regalías de doña Elena que ya sonaban mucho.
"Los tales Andoques venían coronados de vistosas plumas, ceñidas las cinturas con finos tejidos de fibra de palma y con sus mejores arcos y flechas, todo lo cual les daba un aspecto de salvaje elegancia.
"Muinarco, indio alto, apuesto, de veinticinco años, hijo del valiente Caracoima, jefe de la tribu Andoque, se presentó con sus compañeros ante doña Elena, en ademán franco y expresivo a depositar a sus pies el conjunto de regalos que le enviaba su padre en señal de amistad, consistentes en loros, paujiles y pieles de fieras.
"Entusiasmada y conmovida quedó doña Elena con el mensaje y regalos; pero más todavía lo quedó la moza, que en su muchachada no sabía a qué ponerle más bien los ojos; si a la rareza y preciosidad de las prendas, o a la guapetona facha del mandadero.
"Propúsose la buena castellana llenar de obsequios y atenciones a sus huéspedes, en quienes por su inteligencia y simpatía creyó encontrar los mejores agentes para continuar su obra de catequización.
"Así los demoró muchos días y más los hubiera demorado, si el diablo que en todo se mete, no hubiera dispuesto que el día menos pensado desapareciesen Muinarco y doña María, junticos para el Caquetá, siguiendo ésta a aquél por sus propios pies, sin que nadie la empujara de atrás, y con todo su gusto, como quien va para la casa.
"De esta alianza entre Muinarco y la joven rubia salieron los Andoques catires y buenos mozos, los bravos indios que se hacen respetar por su fuerza o por su astucia.
"En muy grande pesadumbre y tribulación encontróse doña Elena con la partida de doña María, sin que valieran por entonces a aquella pobre señora las más solícitas diligencias por obtener el regreso de la joven, clamándole a ésta todos sus tiernos afectos y el profundo dolor que la agobiaba, y ofreciendo a Muinarco colmarlo de ricas joyas y hacerlo dueño de sus inmensas tierras.
"Muchos años más tarde, ya en la ancianidad, doña Elena, que no había desfallecido en sus ruegos, plegarias y ofertas con el Andoque, consiguió que éste conviniera en volver a traer a doña María, pero a condición de regresar prestamente a su tribu.
"Indescriptible fue el júbilo de la vetusta castellana cuando Muinarco con su esposa y comitiva estuvo a presencia de ella, con cinco andoquillos bien mestizos, porque si por la donosura de su cuerpo rebozaba la noble sangre Jovel, por su porte fiero y bravio asomaba el colmillo del salvaje Andoque, y así fue grande el afán y apretura de la abuela al ver que sus nietezuelos más se holgaban en morderla y arañarla que en devolverle con abrazos y besos los muchos que ella les diera.
"Mucho agasajó doña Elena a aquellos anhelados visitantes, sin que el orgullo de la raza, ni la huida y flaqueza de su hija hubieran debilitado en nada el amor de su corazón, y con el fin de conservarlos a su lado definitivamente, la buena señora les renovó sus promesas y sentimientos con mayor instancia y expresión.
"Pero todo fue inútil. Llegado el día, el Andoque y María regresaron a la selva, donde Muinarco mandaba más que doña Elena en sus territorios y que el rey don Carlos en sus reinos; y María Andoque era reina en un país en donde se goza de una libertad que no tolera el capul, ni la crinolina, ni el triquín, ni tenía otra cola que le pisaran que la que consta en este relato, la cual no es tampoco de alzar sino de contar, lo que es una incomodidad, y en donde vivía tan livianita como la difunta en el Paraíso".
(1) sacarriel = por su sacra real
("El Día", No. 42 de 11-IX-1908; trascripción de "El Porvenir", Neiva, No. 77, de 24-VIII-1946, por no tener a mano nuestra colección).
A esto cabe agregar que la numerosa tribu Andoke se halla casi extinguida por la persecución de los blancos, especialmente los caucheros y entre éstos, los de la casa Arana, tristemente célebre en la Amazonia Colombiana.
La Leyenda colectada por el doctor Puyo y la que conocimos nosotros son iguales en su esencia y se diferencia solo en detalles completamente adjetivos.
Posiblemente la comparación lingüística pudiera dar más luces sobre el particular. A la ligera encontramos similitudes interesantes como el toponímico Quinche, de la región andakí de Pitalito y Timaná y el toponímico Quinché, de la región andoke del Amazonas.
(Cita textual tomada de Monografía Histórica de Acevedo, Biblioteca de autores Huilenses Volumen VI, pp. 103, de Gilberto Vargas Motta)

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